CABEZAS PERIODISTA

 MI PROFESION EN TRES TIEMPOS

Conferencia pronunciada por J. A. Cabezas en Mieres y en Cangas de Onís el año 1975

 Señoras señores. Amigos, paisanos: fue nada menos que Cristo, quien de vuelta a su Galilea natal, después de uno de sus viajes evangélicos, pronunció aquellas desilusionadas palabras: “¡Que difícil es, ser profeta en su tierra!” Por ello este acto, en que vuestra generosidad y paisanaje entrañable, al recibirme y escucharme en ésta mi tierra, supone para mi el más importante homenaje de cuantos pueda recibir. No os podeis imaginar lo que es para mi esta minicorte de Pelayo. No os podeis imaginar lo que es para mi esta minicorte de Pelayo. La satisfacción y hasta orgullo con que digo por el mundo, al tener que declarar mi naturaleza: “Soy de Cangas de Onís,primera Corte de la Monarquía española”

Nacido en la aldea de Margolles—evocada líricamente por Pedro de Lorenzo, en su libro “Viaje de los ríos de España”—pasé mi infancia en la verde ribera del Sella, el río al que aquí en Cangas pusieron los romanos ese yugo de piedra (el Puentón) que hoy es “slogan” plástico de todas las guías turísticas de Asturias. Cangas, capital del Concejo, fue para mí, (aldeano integral), el primer núcleo urbano a que tuve acceso. Acompañaba algunos domingos a mi padre, campesino y curandero de ganado vacuno, conocido en todo el concejo por Gervasio el de Margolles. No eran tiempos de tantas comodidades. Solíamos llegar a pié, por la collada de Llueves.

Descendiente de campesinos desde muchas generaciones, (mis “cabezas” proceden de la comarca de la Liébana, provincia de Santander) sin más antecedente cultural en la familia que el de mi abuelo materno, Ramón Canteli, a quien no conocí. Era oriundo del Concejo de Bimenes y había estudiado para cura. A los veintitantos años colgó los hábitos, se casó y tuvo doce hijos.

En la infancia no tuve otros estudios que los de mi “universidad” de Margolles. Allí tuve de maestro, un ex -sargento de la guardia civil, llamado don Froilán. Era alto, corpulento, con grandes bigotes. En clase llevaba un gorro de cuartel rojo con un galón amarillo. Partidario de la clásica pedagogía, de “la letra con sangre entra”, la practicaba a base de unas cimbreantes verdascas de avellano, que tenía siempre al alcance de la mano y manejaba con verdadero virtuosismo. Los enfados de don Froilán, en los cuales, se le ladeaba el gorro cuartelero sobre la oreja derecha, nos producían sudores. Aunque si he de decir la verdad, como yo era buen estudiante, siempre fui uno de los pocos alumnos preferidos del ex –guardia civil.

Cuando contaba nueve años, en uno de mis viajes domingueros a Cangas, se me ocurrió (rara ocurrencia para un chaval aldeano) comprar, frente al Ayuntamiento un periódico, “El Noroeste”, que acababa de llegar desde Gijón, en aquel desaparecido tren, que subía de Arriondas a Covadonga. Al llegar a casa, mi madre, supongo que por una especial intuición, se alarmó al verme con aquel “papel” en la mano y me prohibió leerlo. Nunca pude saber por qué. Ella, aunque no la considero politizada, temía no sé que peligro de contagio ideológico. Nombraba a Melquiades Alvarez, editor del periódico, que, entonces era el representante de una extrema izquierda asturiana. No podía sospechar, mi pobre madre, cuanta verdad había en su instintiva y miedosa premonición. Lo que, andando el tiempo, habían de ser los periódicos para el niño aldeano de Margolles. Mi madre moría poco después, antes de que yo cumpliese los diez años.

Hijo de campesinos con poca tierra y por tanto con débil economía, era natural que yo, el mayor de cuatro hermanos, pensase en lo que todos los adolescentes campesinos de aquel tiempo: en la emigración hacia América. Y como tenía algunos vecinos y parientes ya establecidos en La Habana, a los diciseis años obligué a mi padre a vender una vaca en 50 duros, que era justo el precio de un pasaje de tercera en el trasatlántico Alfonso XII. Embarqué en el Musel, todavía en plena guerra europea.

Llegué a La Habana, en una de aquellas pestilentes bodegas para emigrantes. Me llevaron al lazareto de Tiscordia. No me privaba de nada. Menos mal que a las pocas horas llegaron mis parientes y me sacaron con su garantía. Entré a trabajar con ellos en una tienda de comestibles y cantina, lo que allá llaman una “bodega”. Era el mes de enero de 1917.

Trabajé, aprendí el oficio del mostrador, de acuerdo con una máxima comercial muy extendida: “Al cliente, ni obra buena, ni palabra mala”. A los tres años era condueño de uno de los estableciomientos, en sociedad con el más joven de mis parientes. Pon aquel entonces pensaba, como todos los emigrantes, en reunir unos miles de pesos y hacer un viaje a Margolles, con sombrero, cadena de oro con leontina y camisas de seda con cuello duro. Yo, al empezar el año 1920, era un comerciante y un “alevín de indiano”. Pero otra cosa había dispuesto el destino. Claro que aún no he podido explicarme a mi mismo, cómo sin ningún antecedente, ni posible contagio familiar, mi vocación literaria se presenta arrolladora, al cumplir los veinte años, en el tan poco propicio ambiente de una tienda de comestibles habanera. No puedo negar que el fenómeno se produjo contra toda lógica y que para mi mismo fue y continúan siendo una auténtica revelación. Lo atribuyo a un lejano gérmen biológico y al proceso cultural que se inicia en mí, tan pronto como entro en contacto con el núcleo urbano de una gran ciudad y empiezo a leer cada día el gran “Diario de la Marina”, al que estaban suscritos por tradición todos los comerciantes españoles de La Habana, incluídos mis parientes.

Robando horas al sueño—yo empecé a ser un hábil ladrón de tiempo–, y sin dejar el trabajo de la “bodega”, leía todos los días o todas las noches, a fuerza de café y coca-cola, los trabajos serios de la colaboración del periódico, casi todos de firmas conocidas españolas, que yo empezaba a conocer entonces. Después, (otra rareza de mi instinto) empecé a pedir orientaciones para cultivar mi afición, a un gran perioodista, don Pedro Giralt, prestigioso escritor, que, en el “Diario de la Marina”, llevaba una sección de consultorio cultural. Con sus consejos me organicé una verdadera cátedra por correspondencia de estudios literarios y filosóficos. A los tres años de intenso trabajo en mi doble vida, había conseguido conocimientos equivalentes a los de bachillerato y primeros cursos de Filosofía y Letras, revalidados después en una academia particular que logré frecuentar.

Los consejos de Giralt me llevaron a leer y anotar todos los clásicos griegos y latinos y todos los filósofos de más renombre entonces, desde Balmes a Nietzche, pasando por Kant, Gustavo Levón, Leibnitz, Schopenhauer y Descartes. De los escritores españoles leí con delectación, con pasión mejor, a todos los del 98. Y algunos anteriores, como “Clarín”, Galdós, Campoamor, Becquer, Unamuno. De los hispanoamericanos me entusiasmaban ensayistas como José Enrique Rodó, escritores como Larreta y poetas como Rubén, Gabriela Mistral y Santos Chocano.

Pronto mis voraces lecturas, dirigidas y controladas por Pedro Giralt, mi verdadero maestro, cristalizaron en unas tímidas crónicas con nostálgicas evocaciones de Asturias y algunos cuentos de corte romántico, que empezaron a publicarse en una modesta revista titulada “El Progreso de Asturias”.

Por aquel entonces ocurrió un fenómeno que considero fue decisivo para mi vocación. Yo era ya condueño de la tienda y gozaba por tanto, de una relativa libertad. Ya no tenía que salir con el pretexto de comprar ropas, para traerme a mi escondite una partida de libros previamente escogidos por mi consejero. Llegó a la tienda como viajante de diversas mercancías, el joven asturiano de Boal, Secundino Diaz Jardón. Hablábamos con el mostrador por medio Un día, de los temas obligados de la tierra asturiana, pasamos a las lecturas y las aficiones. Al darse cuenta Jardón de que yo era

un tendero leído, me confesó que era poeta y sacó de su cartera un libro de versos que acababa de publicar. Me regaló un ejemplar. Se titulaba “Gotas de sangre”. Pronto observé que se trataba de un libro profundamente pesimista en el sentido puramente literario.

Desde entonces Secundino fue mi mentor y orientador den tro del mundo literario de La Habana de entonces, que él conocía bien. Yo seguía obligado a llevar una doble vida. Un día me habló Jardón de otros dos escritores asturianos: el poeta de Caravia, Jose María Uncal, que acababa de publicar sus “Poemas Cantábricos” prologados por Benavente y del periodista de Teverga, Luis Puente, que colaboraba en un periódico de la tarde. Los tres y algún otro planeaban la publicación de una revista literaria y me pedían colaboración. La revista se tituló “Juvencia” y estaba dirigida por Diaz Jardón. Yo colaboré con un cuento en cada uno de los seis números que se publicaron.

Al desaparecer la revista yo seguí escribiendo y un año después (1923) aparecía mi primer libro de cuentos “Perfiles de almas” que no solo se vendió bien, sino que constituyó casi un suceso literario por la buena acogida que tuvo en periódicos y revistas. El libro llevaba un prólogo alentador del periodista Gerardo Ramos, redactor del gran periódico habanero “El Mundo”.

Con la aparición del libro, yo consideré terminada mi etapa de vida clandestina. Lo presenté a mis parientes y como allí se decía “salté el mostrador” para siempre. Me despedía de la cadena con leontina de oro y demás características del “indiano” rico, para seguir mi vocación, lo que por el momento cpnsideraron mis parientes como una perdición y una lamentable locura.

Por consejo de Diaz Jardón me fui a vivir a una pensión de estudiantes y artistas. El me proporcionó una colocación de viajante y cada noche asistía a una tertulia literaria en el popular café Martí, que servía de vest

Íbulo al teatro Martí, en el que recuerdo, actuaba por aquel entonces con su compañía, la actriz española Eugenia Zúfoli. Para mí había empezado una nueva vida. Ganaba lo suficiente, charlaba con mis amigos, leía, escribía, conocía nuevos escritores, asistía a las funciones del teatro de la Comedia, donde actuaba siempre una compañía española de buen teatro. No iba, como todos los tenderos al teatro Alhambra, teatro de “relajo”, pornográfico diríamos ahora, que dirigía el asturiano Regino López. Pero cada día me alejaba más de la leontina del “indiano”.

* * *

Aquello solo duró unos meses. Un hermano de mi madre, Lucas Canteli, emigrante de muchos años, que era dueño de un hotel en Veracruz, al recibir un ejemplar dedicado de mi libro, pensó muy acertadamente que, para mi nueva orientación, mejor estaría en España. Como él se proponía hacer un viaje a Margolles, me propuso que lo acompañara. Yo que no deseaba otra cosa, vi el cielo abierto. Preparé mis asuntos y dos meses después, con un baúl lleno de libros, otro con algunas ropas y unos ahorros que después de pagar el pasaje en “preferencia” no rebasarían las cinco mil pesetas, me presenté en Margolles y posteriormente en Cangas de Onís. Yo era lo que llamábamos entonces un “americano del pote”, es decir, el que volvía de América sin dinero. Era la primaveraºde 1924.

Aquí en Cangas empezaba una nueva etapa de mi vida humana y profesional. Asquí tuve un negocio industrial con mi tío. Tuve automóviles de alquiler en sociedad con Francisco campal. Y tuve sobre todo una panda de amigos intelectuales, como el poeta Vicente Vicente y los hermanos Pendás.

Aquel fue un paréntesis importante para mi profesión futura. Leíamos la recién nacida “Revista de Occidente”, por la que nos adentrábamos en el europeo mundo orteguiano. Leíamos a Freud, que acababa de ser traducido. Y leíamos a Unamuno, a Marañón que había publicado la biografía de Amiel y los “Tres ensayos sobre la vida sexual”. A Ramón Gómez de la Serna, Pérez de Ayala, Baroja, Juan Ramón Jiménez y otros poetas postrubenianos. A Todos los que andando los años habían de ser mis amigos y que entonces me parecían semidioses.

De nuevo interviene el destino. Yo seguía viviendo en Cangas. Empecé a publicar en una revista titulada “Covadonga”, que editaba el Cabildo, unas crónicas que titulaba “Mujeres de la Biblia”. Eran perfiles literarios de los más destacados personajes femeninos que figuran en el libro sagrado. Interesan a los canónigos y aquellos trabajos me proporcionaron buena amistad con varios miembros del Cabildo de Covadonga, principalmente con don José de Fana, que era cangués y con don samuel Miranda, después Magistral de Oviedo, tío del ex –ministro don Torcuato Fernández Miranda. Aquellas amistades me permitieron editar en la magnífica imprenta del Cabildo, mi segunda novela, “Sangre sobre el ara”, que desde hace muchos años expulsé de mi bibliografía. Siguió mi amistad con los canónigos de Covadonga. Un día don José de fana, me ofreció, para que yo lo impulsase y explotase, un viejo semanario cangués, titulado “El Orden”, que había fundado para defender su política, el diputado provincial don José Abego. Tenía imprenta propia y en aquel tiempo lo hacían dos tipógrafos, padre e hijo, que apenas sacaban para vino. Yo empecé a modernizar aquel “papel” y llegué a sacarle entre suscripciones, anuncios y esquelas, unas quinientas pesetas al mes, que en aquel tiempo era el sueldo de un alto funcionario. Con aquellos tipógrafos de Cangas, aprendí yo lo principal del oficio: redactar cabeceras, corregir pruebas, ajustar galeradas.

No había trascurrido un año, cuando, al encontrarme un día en Covadonga con don Samuel Miranda, me llevóa asu despacho de la antigua casa de los canónigos y me dijo estas palabras: “Tú, que tienes afición y escribiendo como escribes, ¿Qué haces en Cangas? Y agregó: “Debías estar en “El Carbayón” de Oviedo. “Y ¿cómo?—dije yo. Don Samuel descolgó el teléfono de su despacho y habló con Oviedo. A continuación me dijo: “Hoy es sábado, el próximo miércoles te presentas de mi parte al director de “El Carbayón”, don Mariano Sánchez Roca. Necesitan un rerdactor y puedes ser tu”

Así lo hice. Dejé todo y me presenté en Oviedo Entre tanto había ocurrido algo inesperado. El gerente de “El Carbayón”, don Felipe Requejo, había propuesto para ocupar la plaza a un sobrino suyo. Sánchez Roca, al verme tan desilusionado con la noticia, me dijo: “Tú, de momento quédate. Vienes por la noche y empiezas a corregir pruebas”. Tambien faltaba un corrector. Corregí todo el periódico durante una semana. Estaba negro. Yo había venido a Oviedo con la ilusión de escribir. Lo de corregir pruebas hasta las cuatro de la mañana, se me hacía muy cuesta arriba.

Un día leí en una de las galeradas, que el Circo Krone, instalado en el Campo de Maniobras, pagaba una determinada cantidad por cada gato que le llevaran para, para alimento de las fieras. Aquello me conmovió. Al día siguiente escribí tres cuartillas, un tanto humorísticas, en defensa de ls gatos ovetenses. Se las llevé al director, las leyó y me dijo: ¿”Cómo quieres firmarlas”? Y yo que en “El Orden” firmaba una columna con el pseudónimo “BOY”, me apresuréa poner esa firma a mis cuartillas, para que en Cangas y en Covadonga, se enterasen de que ya escribía en “El Carbayón”. Al día siguiente apareció por primera vez en una de las páginas exteriores, una columna titulada “Del Día”, firmada por “BOY”, que no se interrumpió en cinco años.

Cuando llevaba quince días publicando mi columna, vino el gerente de Gijón y por haberle gustado mis crónicas, me confirmó en el cargo de redactor. Fue mi primer cargo periodístico, que, siempre agradecí a Sánchez Roca, que era buen periodista y buena persona.

Solo habían trascurrido unos meses, cuando con motivo de una crónica mía, escrita con motivo de la muerte de Blasco Ibáñez, Sánchez Roca tuvo diversas complicaciones con la empresa editora, que era el Banco Herrero y le llevó a dejar la dirección del periódico. Yo estaba consternado. Menos mal que en una conversación con don Felipe Requejo, quedé más tranquilo. No solo me aconsejó seguir trabajando con el mismo entusiasmo, sino que me aumentó el sueldo. La suerte de mi profesionalidad estaba echada. El 15 de febrero de 1928, el campesino de Margolles e “indiano” imposible, era nombrado director de uno de los mejores periódicos de sturias, en aquel tiempo. Contaba entonces 28 años.

Allí tuve compañeros como don Segundo del Camino que había sido redactor –jefe con Sánchez Roca, lo fue conmigo y continuó después de marcharme yo. Allí estaba un gran periodista madrileño, Paredes, los hermanos Riestra, Franmcisco Arias de Velasco, bien conocido por los veinte o más años que dirigió “La Nueva España”. Yo llevé a mi amigo de Cuba, Luis Puente.

De aquella época es mi entrañable amistad con Valentín Andrés Alvarez, que acababa de escribir “Tararí”, en cuyo estreno en Madriod, tuve una modesta participación. Con el poeta avilesino Luis Amado Blanco, actual embajador de Cuba en el Vaticano, de Alejandro Casona, que ya tenía escrita “La sirena varada”, que yo leí en su original. A Juan Manuel Vega Pico, que hacía sus primeras armas periodísticas.

Durante mi etapa ovetense y “carbayonense” escribí los dos primeros libros serios de mi bibliografía, que hoy anda por los 42 tomos, con traducciones al francés, inglés y rumano. El primero fue la novela “Señorita 03” publicada por Ediciones Oriente de Madrid. La segunda fue “Clarín, el provinciano universal”, publicada en la colección “Vidas españolas e hispanoamericanas del siglo XIX”

Después con la llegada de la República llegaron las complicaciones, siempre a través de la profesión y de la letra tipográfica (Qué vidente había sido mi santa madre). Dejé voluntariamente “El Carbayón” y empecé a colaborar en “El Sol” y en “La Voz de Madrid” nada más pasar la revolución de 1934 y luego llegaría la guerra civil, que terminó con la etapa de mi vida profesional en Asturias.

* * *

(Colaboración en “Avance”—-condena a muerte—-siete años de cárcel…. Libro “Asturias catorce meses de guerra civil”)

La tercera y aún no terminada etapa, de mi profesionalidad, empieza en el Madrid de los años cuarenta, cuando el Director General de Prensa, don Juan Aparicio, me concedió un carnet de Colaborador Nacional y me admitió a colaborar en las revistas entonces oficiales. “La Estafeta Literaria” “Fantasía”, “El Español” y posteriormente en “Mundo Hispánico”. De los años cuarenta son mis libros “Cristo, biografía ortodoxa”; “Rubén Darío, un poeta y una vida”, por el que me concedieron el Premio Fastenrath de la Real Academia Española en 1945; “Concepción Arenal o el sentido romántico de la justicia”; las novelas “Héroe de paz” y “La ilusión humana”.

Por mi amistad con don Fernando Vela y don Gregorio Corrochano, empecé una etapa de gran actividad periodística en el “España de Tánger” diario y en “España Semanal”. Etapa que duró veinte años. En los años cincuenta me encargó Destino de barcelona la “Guía de Madrid”, que me especializó en temas de la capital de españa, que hoy sigo cultivando en mi columna “Mentidero de la Villa” de ABC. Tambien son de los años cincuenta “Asturias, biografía de una región”, ya con dos ediciones en Espasa Calpe y la novela de los vaqueiros de alzada, “La Montaña Rebelde” que fué premio Gabriel Miró. En el año 1954 empecé a colaborar en la Agencia de Nueva York “American Literary Agency”, en la que aún continúo colaborando.

En los años sesenta escribí un promedio de dos libros por año y en 1965 ingresé en ABC como redactor municipal. Redacté durante más de dos años la columna “ Madrid, al día” y durante trece la columna “Mentidero de la Villa”. Obtuve varios premios periodísticos y de novela, dos del Ayuntamiento de Madrid y dos becas de la Fundación Juan March, para la redacción del libro editado por Biblioteca Nueva, “Cervantes, del mito al hombre”. En colaboración con Vega Pico, escribimos los guiones de cinco películas de largo metraje, algunas de las cuales tuvieron buenos éxitos en los primeros años cincuenta. Mis últimos libros, que acaban de salir, son “Cien años de teléfono en España” y “Bravo Murillo, un ministro isabelino con visión de futuro”.

Pero queridos cangueses; lo que más me importa y apasiona de toda mi peripecia humana, es esto, encontrarme entre vosotros. De haber logrado, por vuestra generosidad y comprensión, sentirme un poco profeta en mi tierra.

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